CAPÍTULO 2

LA PEDAGOGÍA DE DIOS

La pedagogía de la fe acoge, como ciencia humana, las aportaciones que le brindan otras ciencias. Recoge de ellas cuanto puede ayudarle a prestar un mayor servicio, asumiendo como principio funda- mental la «adaptación» al hombre, para hacer inteligible el mensaje. Esta adaptación es ley fundamental de toda acción educadora que pretenda ser eficaz.

Sin embargo, la pedagogía de la fe tiene una peculiaridad que le viene del mismo mensaje que ha de transmitir y que afecta a «la forma», al «estilo pedagógico» que se debe usar en su transmisión: trans- mite un mensaje de Dios y se adapta, a la vez, al modo de ser y actuar de Dios: «Dios mismo, a lo largo de toda la historia sagrada y principalmente en el Evangelio, se sirvió de una pedagogía que debe seguir siendo el modelo de la pedagogía de la fe» 1.

1.  LA PEDAGOGÍA DE LA FE Y LA PEDAGOGÍA DE DIOS

El punto de referencia obligado para la pedagogía de la fe es la acción educativa del mismo Dios: la pedagogía de Dios debe ser, por tanto, el modelo educativo. Esta pedagogía no se presenta como una metodología específica, ni como un elenco de actividades diferencia- das, ni siquiera como un conjunto de consejos prácticos para enseñar, algo que era tan frecuente en los grandes maestros de la Antigüedad y,

de una forma especial, entre los rabinos de Israel. La pedagogía de Dios es, más que nada, un estilo de educar que asienta sus raíces en unas convicciones profundas y en unas actitudes u opciones pedagógicas fundamentales que fecundan toda la acción educativa de Dios.

Esta pedagogía de Dios, el estilo de educar que Dios tiene, habrá de ser siempre punto de referencia y objeto de un mayor conocimiento para cualquier tipo de educación, no sólo la educación en la fe. Es un modo de enseñar y de «formar al hombre desde dentro», centrado en la grandeza de ser imagen y semejanza de Dios. La aportación de la pedagogía de Dios a la educación y a las Ciencias de la Educación resulta siempre muy importante, pero más ahora que se está en «una sociedad en la que más que productos necesitamos fuerzas desde lo interior, libertad creadora, impulsos esperanzados hacia el futuro, confianza para obrar y, sobre todo, para ser» .2.

El Directorio general para la catequesis dedica un capítulo ente- ro a la pedagogía de Dios, pues «la catequesis... —dice— se inspira radicalmente en la pedagogía de Dios tal como se realiza en Cristo y en la Iglesia, toma de ella sus líneas constitutivas y, bajo la guía del Espíritu Santo, desarrolla una sabia síntesis de esa pedagogía» 3.

2.  LA PEDAGOGÍA DE DIOS, ESTILO EDUCATIVO CARACTERIZADO POR LA «CONDESCENDENCIA»

La pedagogía de Dios se hace presente en la historia de la salvación, allí donde se entremezclan la acción de Dios y la reacción del hombre, la llamada de Dios y la respuesta del hombre, una fundante relación entre Dios y el hombre. Esa relación educativa se manifiesta con un estilo, y conviene no olvidar la fuerza expresiva del término «estilo».

El estilo no se refiere al contenido, fondo o esencia de un arte, sino a la manera, modo o forma de obrar y expresarse. Lo que realmente favorece y hace eficaz la educación no son unas acciones determinadas, sino «elementos integrantes relativamente amplios» que expresan el tono vital que se imprime para conseguir la eficacia educativa. Cada vez se insiste más en la relatividad de los métodos educativos, hasta afirmar que «la búsqueda de métodos de enseñanza buenos o correctos

para todos los profesores es infructuosa (...) ya que, el que sus efectos sean buenos o malos depende de quién guíe el vehículo, de lo que trate de hacer y de cómo perciban esto aquellos a quienes se les hace» 4.

Ese tono vital, ese estilo, es sin lugar a dudas «un acto creativo, que requiere el uso efectivo de la propia personalidad como instrumento... Ello exige cualidades de apertura, de hacer visible su mismidad. La persona debe desear revelarse a sí misma y permitir a los de- más que le vean tal como es, que sepan lo que piensa, lo que cree y por lo que se mueve» 5. La pedagogía de Dios es un «estilo pedagógico», un «tono educativo vital», como el que acabamos de describir, especialmente original. Cabe preguntarse: ¿en qué consiste ese estilo?, ¿Qué supone esta pedagogía divina?

Es especialmente significativa a este respecto la afirmación de la Conferencia Episcopal Española en dos de sus más importantes documentos catequéticos: «esta pedagogía divina está configurada por su admirable condescendencia (synkatabasis)» 6. Por tanto, la «condescendencia» será lo que vertebra toda la pedagogía de Dios, como rasgo característico o, mejor, como estilo pedagógico. Posteriormente, el Catecismo de la Iglesia Católica avala este pensamiento al hablar de

«la pedagogía de la “condescendencia divina”» 7. Muy recientemente, el Directorio general para la catequesis confirma que la condescendencia de Dios es la manifestación particular de su pedagogía 8.

A esta conclusión había llegado el Concilio Vaticano II al afirmar que no se puede entender lo que Dios ha dicho y hecho, sin tener en cuenta su estilo de enseñar; de esta forma, «sin mengua de la verdad y de la santidad de Dios, la Sagrada Escritura nos muestra la admirable condescendencia de Dios, para que aprendamos su amor inefable y cómo adapta su lenguaje a nuestra naturaleza con su providencia solícita» 9. El Concilio hace referencia explícita a San Juan Crisóstomo 10,


«el doctor de la condescendencia», y de forma implícita a Pío XII, quien escribió que «así como el Verbo sustancia de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado, así también las pa- labras de Dios, expresadas en lengua humana, se hacen en todo semejantes al humano lenguaje, excepto en el error. En esto consiste aquella synkatábasis o condescendencia de Dios providente que ya San Juan Crisóstomo exaltó sobremanera» 11.

3.  SIGNIFICADO DEL TÉRMINO «CONDESCENDENCIA DIVINA»

El significado etimológico de condescendencia expresa el acto de descender juntos (con) o al mismo tiempo. También, si el que desciende es una sola persona, el peso del sentido se centra en el lugar o persona hacia la que se desciende, y así aparece clara la idea de «ayuda, bajada para unirse a otro y socorrerlo». Significa, por último, «bajar a un nivel inferior» o «adaptarse a la capacidad de otro».

La condescendencia divina es la expresión del amor inefable de Dios y de su deseo de adaptarse a la naturaleza humana. Una «adaptación» a la condición del hombre como ser histórico, porque Dios asume esa historicidad. Supone un empeño por parte de Dios, por- que solamente en un esfuerzo de bajar, de condescender, puede Dios dirigirse a nosotros en palabras humanas. Es la condescendencia en el lenguaje la que posibilita la comunicación, la relación y la intimidad.

La condescendencia divina no consiste en bajar con otro, como si éste estuviera arriba con el primero, sino que es bajar para estar con otro, para ponerse a su alcance y entablar un diálogo gratuito y cariño- so donde la palabra tiene un protagonismo especial. Dios desvela su intimidad y se nos abre usando nuestro propio lenguaje humano.

Pero la condescendencia divina no se agota en el lenguaje, sino que empapa todos los momentos, actitudes y detalles en la relación de Dios con el hombre, desde la creación misma. Esta condescendencia la toma Dios tan totalmente en serio, que crea al hombre «a su imagen, semejante a él».

Por tanto, todos los estudios sobre la pedagogía de Dios y la pedagogía de la fe deben pasar necesariamente por el paradigma divino de la condescendencia, pues sólo desde ahí podrán tener explicación otros aspectos. La gran originalidad de la pedagogía de Dios no estriba en una retahíla de técnicas educativas, sino en una forma de ver el hecho educativo, lo cual le imprime un estilo propio. Este convencimiento aparece, ya antes que en los Padres, en las corrientes más fe- cundas de la tradición judía, que fue retomada después por el cristianismo y especialmente por los Padres de la Iglesia.

De la condescendencia de Dios interesan aquellos aspectos que más directamente inciden en la dimensión educativa, y por ello nos centraremos en tres aspectos: Dios servidor, Dios que desciende para acercarse y Dios que se abaja para hablar.

4.  EL CONTENIDO DE LA «CONDESCENDENCIA»

a)  La «condescendencia» como servicio

El Señor como servidor de su pueblo es, en la tradición judía, una expresión paradójica porque Él es EL SEÑOR. Pero el texto bíblico dice: «Yavéh los precedía de día en columna de nube para marcarles el camino, y en columna de fuego de noche para alumbrarlos; así podían caminar tanto de día como de noche» 12. Este preceder, como «lampadarius», tiene un profundo significado, pues éste no era el comportamiento normal ni del padre ni del maestro: Dios lo hace para de- mostrar a las naciones del mundo hasta qué punto Israel le era querido.

El tema de Dios servidor que lleva la antorcha delante de su pueblo es repetido en numerosos midrashim:

— De forma habitual, es el discípulo quien porta el farol y precede al maestro, pero cuando Israel salió de Egipto, la columna de nube por el día y la columna de fuego durante la noche no abandonaba al pueblo 13.

— Normalmente es el discípulo quien precede al maestro cuando marchan juntos, pero cuando Israel salió de Egipto, «El Señor los precedió» 14.

— Es el discípulo quien lava a su maestro, pero cuando Israel sa- lió de Egipto, Dios dijo: «Yo te lavé con agua» 15.

— También es el discípulo quien viste a su Señor, pero cuando Israel salió de Egipto: «Yo te vestí con un traje ricamente bordado» 16.

— El discípulo se preocupa de calzar a su amo, pero cuando Israel salió de Egipto: «Yo te calcé con cuero fino» 17.

— Es el maestro quien duerme mientras el esclavo vela, pero cuando Israel salió de Egipto: «No duerme ni reposa el guadián de Israel» 18.

Será en Jesucristo, el nuevo servidor, en quien se manifieste con más claridad esta actitud. La dimensión de servicio que tiene la con- descendencia divina se expresa, en primer lugar, en el logion que presenta a Jesús como el servidor venido no para ser servido sino para servir. A continuación se pone por obra este tema en la escena del lava- torio de los pies.

Los pies, calzados usualmente con sandalias, se manchaban fácil- mente con el polvo del camino, por lo que las normas de hospitalidad exigían que al huésped se ofreciera agua para que se los lavara él mis- mo. Lavar los pies era considerado, en el pueblo judío, oficio de esclavo 19. Sin embargo, como muestra de devoción y respeto, los discípulos sí podían, ocasionalmente, lavar los pies a su maestro; a esta costumbre parece aludir Jesús en San Juan 20.

El lavatorio de los pies que hace Jesús y la posterior explicación tienen, según la crítica literaria, una lectura de índole paradigmática, apoyándose en el humilde servicio de Jesús. Los discípulos deben en- tender el acto de Jesús como una humillación expresamente querida de su maestro, que intenta darles con ello un ejemplo de servicio humilde. Y así les recuerda Jesús que ellos le llaman Maestro.

Sin duda alguna la escena del lavatorio es modélica de la condescendencia. En ella se une el símbolo y la explicación en una perfecta realización didáctica. Enseña «visiblemente» a abajarse, a rebajarse, para servir humildemente por amor. Jesús habla de cómo Él, que de verdad es Maestro, condesciende ante los discípulos. Además, esta actitud ha de ser norma de actuación de los discípulos, a quienes promete que serán «bienaventurados» si actúan así 21. Jesús, el Maestro, ofrece aquí un estilo, una forma de actuar, que rompe los moldes raquíticos de una acción educadora apoyada en la diferencia y separación del maestro y el discípulo.

Esta doctrina, recogida en la patrística, la expresa Gregorio de Nisa en el comentario a la parábola del buen samaritano, donde la con- descendencia amable de Dios cuida, acompaña y encamina a los hombres. Cristo condesciende de su indecible grandeza hacia la bajeza de nuestra naturaleza. He ahí al samaritano que cuida las heridas, pone al hombre sobre su montura y lo lleva a la hospedería, en la que encuentran su reposo todos los que están fatigados y cargados de pesos 22.

b) La condescendencia como acercamiento, presencia cercana de Dios

Otro aspecto en el que se desvela la condescendencia divina es la acción de descender, para que su presencia esté cerca de su pueblo. La shekinah es un término técnico de la literatura rabínica para designar la presencia de Dios en medio de su pueblo; el término es un recurso, una forma de nombrar a Yavéh en sus relaciones con los hombres para salvaguardar la trascendencia divina.

El término designa la presencia de Dios junto a su Pueblo y esta presencia ha supuesto, por tanto, descender, con-descender. El descenso de Dios está asociado a la bondad de los justos; gracias a los méritos de Moisés Dios desciende de nuevo sobre la tierra y está presente entre los hombres. Por ello, está llena de sentido la relación que se establece entre el descenso y la humildad. Así es comentado el descenso de Dios en la nube por la Mekilta de R. Ismael: «Moisés se acercó a la nube ¿Cuál es el motivo de este honor?, su humildad. Está escrito: “El hombre Moisés era humilde”» 23. La Escritura dice que aquel que es humilde hace habitar la shekinah con el hombre.

Estos descensos, en los que destacan la cercanía de la presencia de Dios y su preferencia por los justos y humildes, tienen una dimensión salvífica. En los comentarios rabínicos, el acento no se pone en primer lugar sobre la localización espacial de Dios que desciende; lo que más interesa en principio a los rabinos es la filantropía, la compasión y la presencia de Dios en medio de su pueblo. 

La nueva y definitiva shekinah es la encarnación del Verbo. El versículo 14 del prólogo del Evangelio de San Juan —y habitó entre nosotros— nos lleva nuevamente a descubrir la condescendencia de Dios en su presencia cercana. Este versículo evoca toda una historia y toda una doctrina. Si efectivamente la religión de Israel es la religión de la palabra, es también la religión de la presencia. El Dios de Israel es un Dios que habita en medio de su Pueblo 24. Hace que Moisés le edifique una «morada» a donde viene en la nube y la gloria.

La encarnación del Verbo ha hecho posible la presencia cercana de Dios de una manera única y especial, porque «en la carne asumida por el Verbo se realiza la presencia personal y tangible de la que la Tienda, el Templo y la Ley no eran más que la sombra profética; presencia prefigurada y esperada en todo el Antiguo Testamento... En la carne, el Verbo está “entre nosotros”» 25.

Toda la doctrina entrañable para el pueblo judío de la cercanía de Dios, era sólo un anticipo, una imagen de la realidad que la superaría con creces. Habitó entre nosotros porque vino, se acercó, descendió. Nos podemos preguntar: ¿Por qué ha venido hasta nosotros? Porque nosotros no podíamos ir hasta Él, y no obstante quería Él llevarnos. Esta condescendencia de Dios no tiene otro fin que nuestra elevación; este empobrecimiento, nuestro enriquecimiento; esta humillación, nuestra exaltación. El hecho de que Dios se encarne no implica, en efecto, que Él se haya rebajado; el que ama, cuanto más condesciende, más se eleva, pues eleva consigo a aquél a quien ama.

Entre los Padres de la Iglesia, es San Juan Crisóstomo quien afirma que toda la condescendencia está orientada a la encarnación; pero este misterio era tan difícil de aceptar, que había sido necesaria una larga preparación. Que Dios se haga hombre y acepte soportar todo lo que es humano, excepto el pecado, era tan inaudito que muchos hombres no admitían la realidad de este acontecimiento. Los profetas habían ido descubriendo, poco a poco, la misericordia y compasión de

Dios 26. Será San Gregorio Nacianceno quien, con ese lenguaje imaginativo que le caracteriza, acentúe los trazos de la condescendencia en la encarnación: para él, Cristo se humilló por nosotros de una forma desacostumbrada y ejemplar, y así, para salvarnos, se hace pecado y maldición; por una gran condescendencia con la debilidad del hombre, se abaja por nuestra causa y se hace próximo, cercano, comprensible 27.

c) La condescendencia por la que Dios habla el lenguaje de los hombres

La condescendencia de Dios es, para la tradición judaica, adaptación del lenguaje y ponerse a la altura del que escucha: que la Toráh habla según el lenguaje de los hombres es una ley aceptada como bási ca. Esta fórmula ha tomado una significación más amplia para designar la condescendencia divina que se pone a la altura no sólo de los sabios, sino también de la gente sencilla y sin cultura.

Interesa destacar también, como aspecto integrante de la condescendencia, el ritmo progresivo que Dios usa, ya que Dios no cambia por medio de milagros la naturaleza humana, sino que actúa progresivamente. Esta característica de condescendencia afecta incluso a la aceptación de determinadas costumbres paganas que, poco a poco, se van purificando.

Se ha visto cómo, para la Sinagoga, la doctrina de la condescendencia de Dios se centra, fundamentalmente, en los episodios de la liberación de Egipto y la entrega por Dios del don de la Ley. Algunos teólogos judíos quieren presentar el concepto de encarnación como contrario a toda la tradición bíblica, pero no parece así, sino que el estudio de las fuentes judías sobre la condescendencia de Dios persuade de que lo contrario es lo verdadero. El judaísmo contemporáneo del Nuevo Testamento estaba familiarizado con la idea de un Dios servidor, de un Dios que comparte el sufrimiento de su pueblo, de un Dios que desciende y se rebaja.

Jesús es la verdadera encarnación de la palabra. La condescendencia de Dios se aprecia, de una manera clara, en el lenguaje. La pa- labra nos conecta, nos comunica con el otro. A través de la palabra se produce el descubrimiento, la revelación. Palabra encarnada es, funda- mentalmente, palabra reveladora, porque sabe desvelar, hacer visible lo invisible, más cercano lo que estaba lejos, comprensible lo incomprensible. Desvelar es comunicar la verdad. Dios, pues, ha enviado a su Hijo al mundo para hablarnos. El prólogo de San Juan termina con esta expresión: «A Dios nadie le ha visto; el Hijo único (...) es el que nos lo ha revelado». Pero el Verbo no ha venido a revelarnos verdades abstractas; ha venido a hablar del amor del Padre para con sus hijos.

A través de la palabra, Dios entra en comunión interpersonal con el hombre. Pero la palabra de Dios es palabra de amistad y de amor. El altísimo, el trascendente, se hace cercano: Dios-con-nosotros. Este gesto, por el que Dios sale de su misterio, condesciende y se hace presente al hombre, no puede tener otro significado que el de salvación y amistad.

La palabra lleva consigo la posibilidad del encuentro, provoca el encuentro porque «la palabra se hace realidad en el encuentro con un tú». La encarnación es la más clara condescendencia del lenguaje divino. Santo Tomás delineó con maestría el argumento: «Así como el hombre, cuando quiere revelarse con palabra de corazón, palabra que pronuncia con la boca, reviste en cierto modo su palabra con letras o con voz, así Dios, cuando quiere manifestarse a los hombres, reviste de carne en el tiempo a su Verbo concebido desde toda la eternidad» 28.

La condescendencia como adaptación del lenguaje aparece, en los Padres, con especial constancia. Ese bajarse para ponerse al nivel del auditorio es como una condición fundamental de la condescendencia.

A partir de la consideración de Dios como un ser personal, es lógico caer en la cuenta de su deseo de comunión, comunicación, relación personal con el hombre. Son bellísimas las imágenes que usan los Padres para expresar esta dimensión personalizada en la pedagogía divina. Así el Crisóstomo la relaciona con la entrañable escena de un padre con su hijo pequeño: «Dios, en efecto, no considera jamás su dignidad sino, sobre todo, nuestra utilidad. Porque si un padre no tiene en cuenta su dignidad, sino que balbucea con sus hijos pequeños y no llama a la comida, el cubierto o vasos por su nombre griego sino en un lenguaje pueril y vulgar, Dios hace mucho más; sus palabras y hechos son con- descendencia total» 29. La adaptación al lenguaje, de los maestros con sus discípulos y de los sabios con los principiantes, constituye un juicio fundamental en toda la doctrina patrística sobre la condescendencia.


5.  PROPUESTAS CONCRETAS PARA LA ACCIÓN EDUCATIVA

Se ha visto cómo la pedagogía divina, que ha sido siempre punto de referencia en la Iglesia, es esencialmente pedagogía de condescendencia, y consiste esencialmente en una forma de educar, porque es verdad que Dios tiene una forma, un estilo de educar.

Ya se considere al estilo docente como expresión de un tipo de educador, ya como un conjunto de variables y rasgos de eficacia docente, lo que parece claro es que los factores que ejercen efectos positivos sobre el rendimiento de los estudiantes son elementos integrantes relativamente amplios, más que acciones concretas específicas de los profesores. Dentro de estos determinantes que ejercen efectos positivos en los alumnos hay que tener en cuenta las aptitudes personales del educador, y los principios y convicciones fundamentales en su acción educa- dora. Todo eso hace que el arte de educar al estilo de Dios tenga, a nuestro entender, unas características determinadas:

— Da prioridad a las actitudes interiores del maestro, catequista o educador como vehículo para suscitar actitudes valiosas en los alumnos o catequizados. Es, por tanto, una pedagogía, un estilo, apoyado en los valores que hacen más digno al hombre: un estilo humanista y a la vez cristiano, convencido de que sólo en Cristo el hombre descubre todo su valor.

— Tiene su fuente en el amor. El amor aparece como el motor y camino de todo proceso educativo y esto hace posible que existan fuerzas «desde dentro» para poder realizarlo con perfección. Cariño e ilusión por lo que se hace y, además, amor a las personas que se catequizan y educan.

— El entusiasmo por la labor docente, digna de ilusión y de es- fuerzo, hace posible un esmero continuo por cuidar hasta los detalles más pequeños que inciden en esta labor. Ésta se hace más viva y más alegre y, por tanto, más atractiva, eficaz y motivadora.

— El ambiente de compresión y cercanía facilita decisivamente el aprendizaje. Los alumnos se sienten respetados, valorados y apreciados; razones que favorecen una respuesta «responsa- ble». Es mayor la eficacia porque es mayor la ilusión y menor el esfuerzo. Hacer la docencia más amable es uno de los retos de la educación. Muchos de los fracasos escolares, que cada día preocupan más, tienen su raíz en lo poco atractiva que se han hecho la enseñanza y la educación. 

— El educando necesita crecer en su ser libre y distinto. La sociedad actual no facilita el desarrollo armónico de la diversidad personal. Los estereotipos se imponen y así las frustraciones son cada vez más frecuentes, porque las diferencias personales siguen siendo un hecho indiscutible. Es necesario ayudar a que cada cual se acepte como es, se conozca, se valore y se es- time. Es necesario valorar y apreciar su trabajo propio.

— Que «la relación con Dios personaliza al hombre —no lo anula ni lo disminuye, al contrario, lo hace más él mismo» 30—, es una verdad constatada por la experiencia, pero también ha de ser paradigma de una acción educativa que le ayude a crecer a él mismo, porque «el más profundo significado de la educación personalizada se halla no en ser una forma o método nuevo de enseñanza más eficaz, sino en convertir el trabajo de aprendizaje en un elemento de formación personal» 31. El conocimiento de las características, carencias o limitaciones, necesidades, ilusiones, etc. personales y ambientales es requisito previo para una educación personalizada. Una falsa idea de socialización produce un igualitarismo que es radicalmente in- justo, porque se olvida de la dimensión personal, única e irrepetible del hombre, imagen de Dios.

— Las actitudes educativas que hoy son más subrayadas, como las referidas a los términos adaptarse, comunicar, bajarse, dialogar, tomar en serio, considerar la debilidad, encuentro amistoso, etc., han aparecido en el estudio de la condescendencia y están cargadas de invitaciones para la práctica educativa.

— La actitud de servicio aun en los más pequeños detalles de la relación educativa, debe provocar un cambio de mentalidad en tantos educadores. La educación es un servicio y el educador es un servidor. Esta actitud va más allá de las posibilidades y obligaciones de servir que brindan las estructuras catequéticas y docentes. Es necesario abrir caminos nuevos; unas veces se brindan y otras veces es preciso buscarlos.

— Es muy valiosa la cercanía especial del profesor, catequista o formador; compañía cercana de alguien que le ayuda a caminar. Conviene bajar del estrado en el que tantas veces se encuentran instalados los docentes, estrado que ofrece a muchos la seguridad que daban a los castillos los fosos que le rodeaban. Bajarse del estrado, pero no principalmente como bajada física, sino de condescendencia con quien está abajo y es digno de ser elevado.

— Es necesario el servicio docente que supone la adaptación en el lenguaje. El lenguaje que se emplea, incomprensible a veces, hace imposible la comunicación con el educando, e imposibilita, por tanto, también el hecho educativo en sí. Por otra parte, este lenguaje incomprensible no siempre transporta una calidad específica de conocimientos. La adaptación en el len guaje es uno de los grandes retos educativos. Sólo a partir de la inteligibilidad de los contenidos se podrá elevar la calidad de la enseñanza. El lenguaje es vehículo de comunicación; el lenguaje, sea el que sea, es instrumento imprescindible de la acción educativa y catequética. Hacerse entender por quien aprende es condición prioritaria para el aprendizaje mismo. Dios condesciende usando un lenguaje humano que pueda ser entendido por todos y en ello se manifiesta básicamente la pedagogía divina.

— La progresividad educativa aparecía también como una de las características de la pedagogía de Dios; esta progresividad tiene una relación estrecha con toda la teoría constructivista del aprendizaje significativo. Entender que lo importante es que el proceso sea eficaz, sistemático y secuenciado, no disperso, es entender que el proceso de mejora tiene un ritmo específico, unas etapas determinadas que no se deben quemar bajo ningún concepto.

— Sin lugar a dudas, las líneas fundamentales de la pedagogía de Dios, como condescendencia, deben impregnar al resto de cuestiones que trata la pedagogía de la fe, especialmente los apartados más específicamente didácticos. Este estilo educativo —viejo y nuevo— hará eficaz el proceso de maduración cristiana, en la catequesis o en la escuela.


Introducción a la Pedagogía de fe de Jaime Pujol

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